Se fue el Indio Más de 1 millón de personas fueron a despedirlo. Se nos fue un pariente, un amigo. Se fue alguien que nos cuidaba . Para los 80 y 90 de nuestra Argentina él tuvo una sensibilidad de otro época. Quienes salimos al mundo por aquellos años saben muy bien a lo que me refiero. La palabra decostrucción aún no salia de los claustros de la Sorbona y los padres eran la chapa antigua; incomovible en toda ocasión. La complicidad no existía, menos aún, los abrazos. Los patris familiae estaban a la cabecera de la mesa y preguntaban "cómo les fue" a los que estaban a su alrededor. Era un habla fatua, del mismo tenor que la que puede tenerse en el asensor. No esperaban una respeusta más allá de bien, muy bien o contar qué hiciste en el recreo. Nada realmente personal podía largarse. A menos que te atuvieras a las consecuencias, romper el clima de familia para comenzar a escuchar gritos de hartazgo. Solo con el paso de muchos años, podemos llegar imaginar la desazón en que vivían nuestro padres y entender la rabia desatada. El Indio supo del desamparo de la juventud. Y como alguno dijo en el funeral les habló al oído. Amaba la vida y decidió compartir con los jóvenes ese amor.
Más chicas muertas: Agostina es ahora mismo la última en incorporarse a una lista que crece sostenidamente. Una lista de infancias que viven entre los vicios de los adultos, como los peces nadan entre los anzuelos de los pescadores. No pasa mucho tiempo entre víctima y víctima. Cuando ocurre, indefectiblemnete, la policia verá ante todo una travesura; aunque pasen los días y la chica o el chico no den señales de vida, aunque haya salido a comprar el pan, aunque haya ido a conocer a sus amigos virtuales, aunque hubiera dicho que había sido invitada a la mejor fiesta del pueblo. Siempre y en cada ocación el olfato de la policia huele "travesura". Dejan de ver pasar el reloj y mueven los móviles en caravana al ver su destacamento en los medios nacionales. Y en este punto surgen la paradoja más grande de las chicas muertas. La llegada de las cámaras y la muerte son la misma cosa. No recuerdo un caso de impacto nacional donde la persona desaparecida haya sido reconocida por repetir una y mil veces su imagen. Más bien, la llegada de los medios abre el espectáculo del femicidio. Los community manager se enfundan en el Capote de Truman y descuelgan un posteo detrás de otro intentando citar las últimas series que vieron. Lo paradójico es que salvo el asesinato y el desgarramiento de los que aman a la víctima, todo sucede cuando se inicia el espectáculo. La justicia y la idiferencia.